Utilizando un símil para una mejor comprensión, podemos decir que el pH del sustrato puede considerase como la llave maestra de la asimilación de nutrientes.

Siguiendo con el símil, si la CIC (Capacidad de Intercambio Catiónico) es la despensa y la CE (Conductividad Eléctrica) nos dice cuánta comida hay, el pH (Potencial de Hidrógeno) es, sin lugar a dudas, la llave que abre la puerta de esa despensa. De nada sirve tener un sustrato de alta calidad cargado de fertilizantes premium si el pH no es el adecuado: la planta, sencillamente, no podrá «comer».

Qué es el pH.

En el entorno técnico de la producción de planta ornamental y la formulación de sustratos, el pH en agricultura es la medida de la acidez o alcalinidad de la solución del suelo.

Este se mide en una escala logarítmica de 0 a 14, donde 7 es neutro. El término «logarítmico» es muy importante para el viverista: significa que un pH de 5.0 es diez veces más ácido que un pH de 6.0. Por tanto, una pequeña variación decimal en el medidor implica un cambio químico drástico para el sistema radicular.

El concepto de «Disponibilidad química».

El error más común en jardinería y viverismo es pensar que al aplicar un nutriente, como por ejemplo, hierro, la planta lo absorbe automáticamente. La realidad es química pura: las raíces solo pueden absorber nutrientes si estos están disueltos en la solución del suelo en formas químicas específicas.

Precisamente, el pH determina esa solubilidad. A ciertos niveles de acidez o alcalinidad, los elementos químicos reaccionan entre sí formando compuestos insolubles que se precipitan y se convierten en sólidos, quedando «bloqueados» o «fijados» en el sustrato. Debemos saber que la raíz no puede absorber sólidos, solo en estado sopa química.

El bloqueo de nutrientes cuando el pH falla.

Podemos dividir los problemas de pH en dos escenarios clásicos que todo responsable de cultivo debe identificar:

1. pH Alto (Alcalino > 7.0) y la Clorosis Férrica: Es el problema rey en zonas de aguas duras y suelos calizos. Cuando el pH sube, los micronutrientes metálicos, especialmente el Hierro (Fe), Manganeso (Mn), Zinc (Zn) y Cobre (Cu), se vuelven insolubles. Aunque añadamos quelatos de hierro, si el pH del sustrato se mantiene alto persistentemente, el hierro se precipita.

El resultado es la famosa clorosis férrica, generando hojas amarillas con nervios verdes en los brotes nuevos. La planta no tiene falta de hierro en el suelo, tiene imposibilidad de cogerlo.

2. pH Bajo (Ácido < 5.0) y la Toxicidad: En el extremo opuesto, si el pH cae demasiado, común en sustratos de turba vieja o mal gestionados, ocurre lo contrario: la solubilidad de los micronutrientes se dispara hasta niveles tóxicos (especialmente manganeso y aluminio), quemando las raíces.

Además, los macronutrientes principales (nitrógeno, fósforo y potasio) y secundarios como el calcio y magnesio ven reducida notablemente su disponibilidad.

El punto adecuado de pH en sustratos orgánicos.

Es importante diferenciar entre «suelo agrícola» y «sustrato de cultivo». En suelo mineral (campo), un pH de 6.5-7.0 se considera ideal. Sin embargo, en cultivos en contenedor con sustratos orgánicos (turba, coco, corteza), el rango óptimo es ligeramente más ácido, situándose generalmente entre 5.5 y 6.2.

En este rango específico, se logra el máximo compromiso, ya que la mayoría de los nutrientes están disponibles simultáneamente.

En el caso de plantas acidófilas, especies como Camellia, Azalea, Hydrangea (Hortensia azul) o Gardenia requieren rangos estrictos entre 4.5 y 5.5. Fuera de ahí, su metabolismo colapsa.

Por el contrario, en el caso de plantas calcícolas o rústicas, como ocurre con algunas aromáticas o plantas de origen mediterráneo, toleran pH más altos, pero incluso ellas sufren si superamos el 7.5 en maceta.

La alcalinidad del agua como factor invisible.

A menudo, el viverista compra un sustrato con el pH perfecto (5.8), pero a los tres meses de cultivo el análisis muestra un pH de 7.2. ¿Qué ha pasado? La culpa suele ser del agua de riego. No debemos confundir el pH del agua con su alcalinidad (contenido en bicarbonatos).

Un agua con muchos bicarbonatos (aguas duras) actúa como «cal líquida», neutralizando la acidez natural de la turba rubia día tras día. Es como echarle antiácido al sustrato en cada riego.

Para el profesional, controlar el pH durante el cultivo implica necesariamente gestionar la calidad del agua, a menudo inyectando ácidos (nítrico, fosfórico) para neutralizar esos bicarbonatos antes de que lleguen a la maceta.

Como vemos, sin el adecuado control del pH, el resto de insumos como por ejemplo los fertilizantes y bioestimulantes, pierden su eficacia, convirtiendo la inversión en gasto inútil.