El azufre en los cultivos es un macroelemento secundario peculiar ya que rara vez se compra un abono exclusivamente para aportarlo, pero su papel es tan importante que, sin él, el nitrógeno no puede hacer su trabajo. Podemos definirlo entonces como: el azufre (S) en los sustratos, el aliado invisible de la nutrición vegetal.

Dentro del grupo de los macronutrientes secundarios, junto al calcio y el magnesio, debemos hablar de un elemento que rara vez acapara los titulares, pero que trabaja incansablemente en la sombra: el azufre (S).

En el cultivo en contenedor, ya sea en un vivero profesional, en el bricohuerto o en bricojardinería, el azufre suele pasar desapercibido. Esto se debe a que históricamente venía «de regalo» en muchos fertilizantes binarios convencionales y en la propia materia orgánica. Sin embargo, con el uso de sustratos cada vez más purificados e inertes y fertilizantes altamente refinados, las carencias de azufre empiezan a ser un reto agronómico que debemos saber gestionar.

¿Qué función cumple el azufre en las plantas?

Si el nitrógeno es el motor del crecimiento, el azufre es la pieza clave que permite ensamblar ese motor. Sus funciones en la fisiología vegetal son decisivas, especialmente en la asimilación del nitrógeno, la formación de vitaminas y enzimas, así como en los compuestos volátiles que dan ese olor y sabor.

En la asimilación del nitrógeno podemos decir que esta es su función estrella. El azufre es imprescindible para que la planta pueda transformar el nitrógeno que absorbe del sustrato en proteínas y aminoácidos esenciales, como la cisteína y la metionina. Si falta azufre, la planta no podrá aprovechar el nitrógeno, por mucho que abonemos.

En la formación de vitaminas y enzimas, actúa como catalizador en la formación de vitaminas y en la producción de clorofila, contribuyendo al verdor general de la planta. Y en su vinculación con los aromas y sabores, en cultivos hortícolas, el azufre es el responsable directo de los compuestos volátiles que dan ese olor y sabor característico y picante a los ajos, las cebollas, los puerros o los rábanos cultivados.

Los síntomas de carencia y exceso del azufre en las plantas

El diagnóstico visual del azufre es complejo, ya que se confunde con muchísima facilidad con la falta de nitrógeno, pero existe un «truco» agronómico para diferenciarlos.

Cómo detectar la carencia de azufre

Tanto la falta de nitrógeno como la de azufre provocan un amarilleamiento general (clorosis) de las hojas. Sin embargo, el azufre es un elemento poco móvil dentro de la planta.

Mientras que la falta de nitrógeno se nota primero en las hojas viejas, porque la planta lo mueve hacia arriba, la carencia de azufre aparece siempre primero en las hojas más jóvenes y brotes tiernos. Las hojas nuevas nacen de un color verde pálido o amarillento, mientras que las hojas inferiores se mantienen verdes por más tiempo. Además, el crecimiento se frena en seco y los tallos se vuelven cortos, delgados y leñosos.

El problema del exceso de azufre: Salinidad y acidificación

Una toxicidad directa por exceso de azufre es extremadamente rara. El verdadero problema en el cultivo en contenedor viene por los «efectos secundarios».

Un exceso de fertilizantes azufrados puede aumentar rápidamente la conductividad eléctrica (salinidad) del sustrato, quemando las raíces. Además, el azufre elemental tiende a bajar el pH de la turba o la fibra de coco de forma notable, acidificando el medio y bloqueando otros nutrientes.

La dinámica del azufre en el sustrato

Para que las raíces de nuestras plantas en maceta puedan absorber este nutriente, el azufre debe encontrarse en forma de ion sulfato (SO42-). Su comportamiento en el sustrato es muy particular por su alta lixiviación y dependencia microbiana.

Con respecto a la alta lixiviación, al igual que el nitrógeno nítrico, los sulfatos son muy solubles y apenas son retenidos por las partículas del sustrato, incluso en turbas con buena capacidad de intercambio catiónico. Esto significa que se lavan con extrema facilidad a través del drenaje tras riegos abundantes o lluvias fuertes.

Y referente a su dependencia microbiana, si aportamos azufre elemental, este no estará disponible para la planta hasta que las bacterias del sustrato lo oxiden y lo transformen en sulfato. En sustratos inertes, como la perlita o la lana de roca, donde no hay vida microbiana, aportar azufre en formas no solubles es completamente inútil.

Cómo aportar azufre de forma eficiente

Afortunadamente, corregir o prevenir la falta de azufre es sencillo si conocemos los insumos adecuados. Uno de ellos se basa en aprovechar los sulfatos de otros nutrientes. Es una de las formas más inteligentes de aportar azufre en el vivero o jardín y simplemente es a través de fertilizantes que ya usamos para otros fines. Por ejemplo, el sulfato de potasio para dar potasio, el sulfato de magnesio (sales de Epsom) o el sulfato de hierro para corregir clorosis, llevan una gran cantidad de azufre en su composición.

Otra es mediante la materia orgánica. En el entorno del aficionado a la jardinería y el huerto urbano, el uso de un buen compost, humus de lombriz o estiércol maduro como abonado de fondo, suele aportar suficiente azufre para todo el ciclo de cultivo gracias a su lenta mineralización.

Y mediante su aplicación en la fertirrigación. En cultivos intensivos y de alto rendimiento, se emplean soluciones solubles en el agua de riego que garantizan un suministro constante y compensan las pérdidas por lavado.

Si manejamos adecuadamente el azufre, garantizamos que nuestras plantas aprovechen hasta la última gota de nitrógeno que les aportemos, logrando cultivos eficientes, sanos y, en el caso de las hortalizas, con todo su sabor original.