Cuando mencionamos la palabra cloro en el entorno de la bricojardinería o en un vivero, la primera reacción suele ser de alerta. Lo asociamos inmediatamente con la toxicidad del agua de red tratada o con las quemaduras en las hojas. Sin embargo, en fitotecnia, el cloro, en su forma asimilable de ion cloruro, (Cl–) es un oligoelemento esencial.

Aunque la planta lo necesita en cantidades muy pequeñas, su presencia en el sustrato es obligatoria. El gran reto en el cultivo en contenedor no es aportarlo, sino evitar que se acumule hasta niveles dañinos para ellas.

¿Qué función cumple el cloro en las plantas?

El cloro trabaja en la sombra realizando dos funciones esenciales sin las cuales la planta se marchitaría y no podría crecer: La regulación osmótica y la fotosíntesis.

Sobre la regulación osmótica, utilizando un símil es el «fontanero» de la planta. Junto con el potasio, el cloro regula la apertura y cierre de los estomas. Esto permite a la planta gestionar el agua en su interior y evitar deshidratarse.

En el caso de la fotosíntesis, el cloro participa activamente en la fase luminosa de la fotosíntesis, concretamente ayudando a «romper» la molécula de agua para liberar el oxígeno.

La carencia de cloro y su toxicidad en macetas

En el manejo de los sustratos, la dinámica del cloro es completamente opuesta a la del resto de nutrientes.

La carencia cloro

En condiciones normales, la deficiencia de cloro no existe en la práctica agrícola ni en la jardinería. El cloro es tan abundante en la naturaleza que el agua de riego, el polvo en suspensión del aire y las materias primas del sustrato (como la fibra de coco) aportan cantidades muy superiores a las que la planta necesita para sobrevivir.

La toxicidad del cloro

Este es el gran problema del cultivo en contenedor. Al ser un elemento extremadamente soluble, el cloro no se retiene en el sustrato, sino que se disuelve en el agua de la maceta. Como consecuencia, la toxicidad se produce por acumulación de sales.

Si regamos con aguas duras o hipercloradas (agua del grifo sin reposar) o utilizamos fertilizantes económicos basados en cloruro de potasio, el nivel de cloro en el pequeño volumen de la maceta se dispara.

El síntoma visual de un exceso de cloro, la toxicidad se manifiesta con una necrosis marginal inconfundible. Los bordes y las puntas de las hojas más viejas se queman, volviéndose marrones y secas, y terminan cayendo prematuramente. En zonas de bricohuerto, cultivos como el fresón o los cítricos en maceta, son muy sensibles a esta quemadura.

Cómo gestionar el cloro en los sustratos

Dado que nuestro objetivo es evitar su acumulación, las prácticas culturales deben centrarse en el lavado y la prevención y en este sentido hay diversas opciones.

Por una parte, está el lavado de raíces (lixiviación). Es la técnica fundamental. En macetas, es obligatorio que los contenedores tengan un drenaje adecuado. De forma periódica, se deben aplicar riegos abundantes (con un 15-20 % de agua drenando por debajo) para arrastrar y expulsar (lixiviar) el exceso de cloruros acumulados en la turba o la fibra de coco.

Por otra, la elección del abono. Tanto el viverista profesional como el centro de jardinería que asesora a su cliente deben priorizar los abonos formulados con sulfato de potasio en lugar de cloruros, especialmente en plantas sensibles y de interior.

Y el manejo del agua. En la bricojardinería, es recomendable dejar reposar el agua del grifo en un cubo o en una regadera abierta durante 24 horas, con lo que se consigue que gran parte del cloro volátil (añadido para desinfección) se evapore antes de llegar al sustrato, protegiendo las raíces y la microbiota beneficiosa de nuestra jardinera.